Nos pasamos la vida escuchando la misma pregunta a la gente a la que le va sobre ruedas...
—Oye, ¿cuál es el secreto de tu éxito?
Nos encanta pedir la receta del triunfo, como si existiera una fórmula mágica que pudiéramos copiar.
Pero... ¿te has fijado en que casi nadie le pregunta jamás a alguien que lo ha perdido todo:
—¿Cuál es el secreto de tu ruina?
Parece una locura. Pero piénsalo un segundo.
Quizá sea una de las preguntas más revolucionarias y útiles que podríamos hacernos. Y si nos propusiéramos ahondar en ella, nos ahorraríamos más de un chichón en la vida.
—Oye, ¿cuál es el secreto de tu éxito?
Nos encanta pedir la receta del triunfo, como si existiera una fórmula mágica que pudiéramos copiar.
Pero... ¿te has fijado en que casi nadie le pregunta jamás a alguien que lo ha perdido todo:
—¿Cuál es el secreto de tu ruina?
Parece una locura. Pero piénsalo un segundo.
Quizá sea una de las preguntas más revolucionarias y útiles que podríamos hacernos. Y si nos propusiéramos ahondar en ella, nos ahorraríamos más de un chichón en la vida.
Porque la ruina casi nunca llega de golpe, como un rayo en un día soleado.
Normalmente se construye poco a poco y a fuego lento...
A veces, de la impaciencia.
Esa prisa absurda por querer llegar antes de tiempo, por tener resultados deprisa, por tomar atajos a ciegas o precipitar decisiones por puro ansia.
Y otras veces, de una falsa paciencia.
Esa desidia disfrazada de calma que nos hace dejar pasar los días, acumulando pequeños descuidos sin reaccionar, esperando que las cosas se arreglen solas mientras nos autoengañamos.
Y así, entre la prisa que nos ciega y la pasividad que nos adormece, la ruina va ganando terreno en silencio.
Y muchas veces empieza con cosas aparentemente pequeñas:
Preguntarle a alguien —o preguntarnos a nosotros mismos— por el secreto de nuestros tropezones no debería servir para hurgar en la herida ni para señalar con el dedo.
Todo lo contrario.
Puede ser un ejercicio de valentía pura.
Sentarte a tomar un café con la verdad por delante y poder decir:
Porque el éxito queda precioso en una foto.
Tiene brillo, aplausos y medallas.
Pero hay una sabiduría que no se aprende desde la cima. Se aprende cuando toca recoger los pedazos, mirar alrededor y preguntarse:
¿Cómo he llegado hasta aquí?
Y quizá ahí encontremos algo mucho más valioso que una receta para triunfar: las señales que la próxima vez no deberíamos ignorar.
Por eso, quizá cuando queramos aprender algo de verdad, no deberíamos mirar únicamente a quienes están en la cima.
También deberíamos escuchar, con el corazón abierto, a quienes han tocado el suelo. Porque ellos conocen un camino que lo
- Mirar para otro lado cuando algo no marcha bien.
- Decir que sí a todo por miedo a decir que no.
- Confiar a ciegas en aquello que no entendemos.
- No querer ver una realidad que nos incomoda.
- Seguir haciendo lo mismo cuando las señales ya nos están diciendo que algo tiene que cambiar.
- Dar por hecho que las cosas van a salir bien simplemente porque hasta ahora han salido bien.
Preguntarle a alguien —o preguntarnos a nosotros mismos— por el secreto de nuestros tropezones no debería servir para hurgar en la herida ni para señalar con el dedo.
Todo lo contrario.
Puede ser un ejercicio de valentía pura.
Sentarte a tomar un café con la verdad por delante y poder decir:
- Aquí me equivoqué.
- Aquí no quise verlo.
- Aquí me pudo el miedo.
- Aquí confié demasiado.
- Aquí no supe reaccionar.
- Y de esto aprendí.
Porque el éxito queda precioso en una foto.
Tiene brillo, aplausos y medallas.
Pero hay una sabiduría que no se aprende desde la cima. Se aprende cuando toca recoger los pedazos, mirar alrededor y preguntarse:
¿Cómo he llegado hasta aquí?
Y quizá ahí encontremos algo mucho más valioso que una receta para triunfar: las señales que la próxima vez no deberíamos ignorar.
Por eso, quizá cuando queramos aprender algo de verdad, no deberíamos mirar únicamente a quienes están en la cima.
También deberíamos escuchar, con el corazón abierto, a quienes han tocado el suelo. Porque ellos conocen un camino que lo
s demás todavía no hemos recorrido.
Y tú...
Si tuvieras que mirar atrás con absoluta honestidad:
¿Cuál dirías que fue el secreto de tu mayor tropezón?
Y, sobre todo...
¿qué aprendiste de él?
Y tú...
Si tuvieras que mirar atrás con absoluta honestidad:
¿Cuál dirías que fue el secreto de tu mayor tropezón?
Y, sobre todo...
¿qué aprendiste de él?
Escrito por Montse V.
Curadora de formaciones digitales.
Exploro y selecciono espacios de aprendizaje transparentes y llenos de valor para que cultives tus habilidades con total confianza y a tu propio ritmo.
Si esta reflexión te ha hecho viajar por los senderos de tu mente, te ha sacado una sonrisa o te ha traído un instante de lucidez o de paz, puedes invitarme a un café virtual para seguir alimentando este espacio de exploración.

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